01 de Agosto de 2020

Columna
José M. Muriá

No viene a cuento hablar de la salvaje corrupción que hemos vivido en este principio de milenio, porque en eso andan quienes saben y pueden hacer algo al respecto. Simplemente dedico estas líneas a terminar mi reflexión sobre la debacle ocasionada por Vicente Fox y Felipe Calderón, de quienes he hablado en mis dos entregas anteriores, llevada casi hasta las últimas consecuencias por el gobierno “priísta” de Enrique Peña Nieto.

Cuando la Docena trágica llegaba a su fin, cegados por la ilusión de echar al PAN fuera de Los Pinos, hubo muchos que abrazaron de nueva cuenta la causa del PRI.

Se suponía que éste debía de haber aprendido de sus derrotas y sabía cuáles eran los motivos que provocaron el repudio de muchos ciudadanos y que, enarbolando con limpieza el “nacionalismo revolucionario” y una espléndida plataforma de principios (que la mayoría de sus militantes no se ha molestado en leer), podría volver a tambor batiente y darle al país, de nueva cuenta, el impulso de antaño.

La figura emblemática escogida no parecía mala: joven, guapo, dinámico –y la experiencia de haber gobernado ya una de las entidades federativas más complejas e importantes–. Despedía, eso sí lo percibimos luego luego, un hedor a centralismo que, con el tiempo, se convirtió en una peste insoportable, haciendo gala, además, de un enorme desconocimiento del país. Claro ejemplo fue cuando se felicitó por la ampliación de la carretera que comunica el “estado de Lagos [sic] con ese otro en el que está León”. Mas lo peor, de lo que nos dimos cuenta demasiado tarde, es que su corazoncito bombeaba sangre color azul deslavado.

La gran puntilla la dio al final de su sexenio… Los priístas, incluyendo los de buena cepa, habían aportado los votos para que fuera Presidente de México y, al final de su gobierno, salió con aquello de que el PRI debía cambiar de colores, de nombre y de ideología… lo cual fue secundado en ocasiones separadas por dos sucesivos presidentes de dicho instituto político: uno que ni siquiera era miembro del partido cuando tomó posesión y que, además de ignorante, resultó de muy escasas entendederas; la otra, afamada por sus incursiones en las tiendas de modas y haber ganado, se decía, un campeonato mundial de Guacamole…

Dicho de otra manera, después de ordeñar la vaca a más no poder, decidieron que lo mejor era matarla… Al parecer el “nacionalismo revolucionario” molestaba a sus patrones. Lamentablemente para ellos, este ideario llegó de nuevo a la presidencia con otros colores, aunque quizá no enarbolado por las manos más adecuadas.

No es raro, pues, que a la hora de la verdad, en 2018, un nutrido contingente de tricolores, quizá los de mayor calidad, acabaran votando por el actual Presidente, quien les habló en el lenguaje de antes.

No podía ser de otro modo ante el candidato que impuso Peña, respetable y competente, pero de fuerte tradición panista.

Con el tiempo, el joven mandatario alcanzó a demostrar que una modalidad de Prian era realidad y, peor aún, que en México podía hablarse de una suerte de “mafia en el poder” capaz de manejar a su antojo tanto al blanquiazul como al tricolor y a algunos corifeos de ambos…

Peña ofreció transformaciones y lo cumplió, pero haciendo bueno el precepto de que “la reversa también es cambio”.